
Seguimos con la legibilidad, en esta ocación expondremos las tres reglas para la legibilidad por Ruari MacLean:
1.- Los caracteres sin trazo terminal son, por naturaleza, menos legibles que los que sí llevan. Resultan menos legibles porque es muy frecuente en este tipo de caracteres que las letras se parezcan más entre sí, de manera que la “certeza de descifrar” disminuye; los rasgos tienen otras funciones además de facilitar la lectura.
Esto no significa que todo texto compuesto en caracteres sin trazo terminal sea siempre, o necesariamente, menos legible que otro compuesto con letras romanas. Esto significa que hay un “factor de ilegibilidad” en los caracteres sin rasgos que no ha de ser olvidado; uno de los resultados de la falta de trazos terminales es que las páginas así compuestas presentan una uniformidad y una igualdad de “color” que puede llegar a hacerlas monótonas y, en consecuencia, poco atractivas. Existen varios recursos para evitar esto: en primer lugar el espacio interlineado (el aspecto y la legibilidad de un texto impreso en caracteres sin rasgos mejorará notablemente de este modo), además de encabezamientos, párrafos, ilustraciones, etc. que rompan la solidez del texto seguido.
Esté tipo de letras, bien utilizada, resultan más legibles que los caracteres con rasgos mal usados, y hay ocasiones en que el diseñador los preferirá a los anteriores por razones estéticas. Pero cuando se trata de un texto seguido, la lectura resultará más fácil si se emplean, correctamente, caracteres con trazo terminal.
2.- La letra redonda, de caja alta y baja, bien diseñada, resulta más legible que cual quiera de sus variantes, a saber la cursiva, la negrita, las versalitas, ya sean ampliadas o reducidas. Esta afirmación debe tomarse únicamente como un principio que puede servir de guía, si bien existen numerosas excepciones: ciertos tipos de cursiva, sobre todo la “redonda inclinada”, y no la verdadera cursiva, resulta más fáciles de leer que la letra redonda, y lo mismo sucede con algunos caracteres “reducidos”. El principio básico es que la letra redonda se ha convertido en la norma a seguir, tanto en Europa como en América. Las variaciones de este tipo de letra fueron diseñadas con fines concretos, como para dar énfasis o variedad, y casi nunca para mejorar la legibilidad, y en casi todos los casos resultarán más difíciles de leer que la redonda normal en un texto seguido.
Por esta razón, el distinguido tipógrafo Sir Francis Meynell, Solía aconsejar componer la poesía en cursiva, pues la poesía debe leerse despacio, y este tipo de letra se lee más despacio que la redonda.
Conviene recordar que al diseñar un libro concreto, la legibilidad es tan sólo uno de los diversos factores a considerar; y cuando se emplean caracteres de imprenta bien diseñados la legibilidad no es un absoluto, sino un término comparativo.
3.- Las palabras deben estar próximas unas a otras (separadas como mucho por un espacio igual a la anchura de la letra “a”); el espacio entre las líneas debe ser superior al espacio entre las palabras. El espacio entre líneas __ que en la antigua tecnología recibía en nombre de “regletas”, pues el espacio se conseguía introduciendo delgadas láminas de aleación tipográfica entre las líneas, y que actualmente se conoce como “espacio interlineado” __, es de vital importancia para la legibilidad del texto, y puede afirmarse con toda seguridad que cualquier texto seguido resulta más fácil de leer si se utiliza el espacio interlineado.
Estos son los principios básicos de la composición legible utilizando tipos redondos, de caja alta y baja. Puesto que el lector experimentado lee palabra por palabra, o grupos de palabras, reconociendo las formas de las mismas, en lugar de leer letra por letra, el espacio entre las palabras ha de ser pequeño; si este espacio fuese demasiado grande, incluso superior al espacio entre las líneas, podría forzar la vista hasta la siguiente línea en lugar de la siguiente palabra; cuando la línea es superior a doce palabras la vista tiene que alejarse demasiado del comienzo de la misma, y resultará difícil volver a encontrar correctamente la línea siguiente.
Existen otros muchos factores que influyen en la “legibilidad”, gran parte de ellos son cuestiones de sentido común, otros de criterio, experiencia e intuición, muchos dependen de una serie de factores interrelacionados, algunos de los cuales no pueden ser controlados por el diseñador; y, por último, la legibilidad de cualquier impresión dependerá, sobre todo, de la calidad, superficie y color del papel empleado por el impresor y el modo de tratar el texto. Las tres reglas mencionadas son las que podemos establecer como “reglas empíricas”; sin embargo, es preciso hacer dos puntualizaciones.
En primer lugar, la legibilidad no es siempre una exigencia primaria de la impresión; y con ello no nos referimos únicamente a un texto seguido. La legibilidad, en el sentido estricto del término, tal vez no sea tan importante como la notoriedad o la reconocibilidad, por ejemplo, el requisito fundamental de un anuncio que aparece sobre un tablero puede ser que destaque, pues, de no ser así, nadie lo leería. Para ello pueden emplearse diversos métodos, que aparentemente hacen la impresión menos legible, por ejemplo, se puede imprimir de arriba abajo, o en blanco sobre negro, o seguir cualquier otro procedimiento de distorsione la impresión. En el caso de logotipos, como marcas de fábrica o títulos de revista, la legibilidad es menos importante que la notoriedad y la facilidad para el recuerdo. La famosa marca “Plessy” no resulta legible fuera de contexto; pero tampoco lo necesita. Sólo tiene que ser fácilmente reconocible y difícilmente olvidable, y lo es en gran medida. Exactamente lo mismo puede aplicarse al título de una revista o periódico, que aparecerá repetido en cada ejemplar, o a los rótulos de un establecimiento: es menos importante que un texto se lea al instante, cuando se ve por primera vez a que sea recordado como algo diferente, atractivo y reconocible.
En segundo lugar, citando de nuevo a Beatrice Warde: “Un texto… puede ser legible y pobre, o legible y fascinante, según cuál sea su diseño y tratamiento. En otras palabras, lo que el biblíófilo llama legibilidad no es sinónimo de lo que este mismo término significa para un óptico.”
La diferencia entre ambos significados debe quedar bien definida en todos los libros sobre diseño. Conseguir legibilidad, en el sentido meramente físico del término, es fácil en la actualidad, cuando se tienen ya quinientos años de impresión como punto de referencia; pero para conseguir algo más en preciso poner prueba la propia habilidad.
En otra definición de legibilidad, Francis Meynell dijo en cierta ocasión: “Por legibilidad entiendo una observación correcta de todos los infinitos detalles del principio de orden y convencionalismo que constituye la base de la comunicación escrita. La impresión es el vehículo; la legibilidad es el engranaje bien lubricado que permite girar fácilmente a las ruedas del sentido.” Por supuesto, su definición de legibilidad no correspondería en absoluto a la de un oculista, sino que además se refiere a la habilidad para diseñar libros.